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Lo importante no es participar, sino ganar-ganar

En los últimos meses tenía una pequeña preocupación: no me gustaba lo mal que encajaba las derrotas mi hijo. Yo, que voy de padre superguay, no tenía consciencia de haberle inoculado el virus de la competitividad, así que mi preocupación la hacía extensiva a la raza humana. ¿Es posible que traigamos este afán por ganar de serie? ¿Cómo es posible que un niño de 3 años, con toda su inocencia, se pille estos disgustazos cuando pierde aunque sea jugando a encestar piñas secas en una papelera?

Observando a los niños y niñas de su clase me di cuenta de que el mal estaba extendido, y me estaba convenciendo a mí mismo que los seres humanos tenemos este gen competitivo innato, no era una conclusión muy halagüeña, pero en cierto modo me tranquilizaba porque me exoneraba a mí de la responsabilidad como educador. Fue entonces, mientras España perdía contra Italia en el fútbol, cuando miré a mí alrededor y fui consciente de la información que como sociedad trasmitimos a las pequeñas esponjas que son nuestros hijos.

ganar-ganar

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