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¿Qué mierda de mundo le vamos a dejar a nuestras IAs?

Que este blog naciese poco después que mi hijo, ha servido en muchos casos para recoger los aprendizajes que como padre he ido recibiendo por el camino, y que me han servido para crear analogías que se han transformado en guías para transitar por la vida.

Y así hemos llegado a su adolescencia, que está haciendo mella en mi carácter transformándome de repente en un boomer (sin serlo yo por fecha de nacimiento) cascarrabias que mira el mundo que se le va a quedar en herencia con cierto pesimismo (sin ser yo pesimista por naturaleza).

Quizás mi problema es que empiezo a mirar el mundo con ojos de IA…

Ayer 12 agosto tuve la suerte de contemplar el eclipse total de sol en un esplanada repleta de desconocidos. Todos unidos por la fascinación del espectáculo gratuito protagonizado por la gran estrella de nuestra galaxia, siendo más conscientes que nunca de nuestra insignificancia y fragilidad en el universo, pero también de la tremenda fortuna y carambola cósmica que significa el hecho de estar vivos y poder disfrutar de dicho acontecimiento.

La paz, la unidad, la hermandad, el conocimiento (¡qué maravilla ser capaces de predecir al segundo un evento planetario!), la emoción a flor de piel que se respiraba me confirmaba la grandeza del potencial del ser humano. Y aquí está la clave… solo el potencial… sensaciones, esperanzas, intangibles… porque si me quedo con los datos, con esos con los que la IA aprende de nosotros parece que somos una mierda.

Probablemente, incluso ante un acontecimiento como este, a priori positivo y estupendo, si hubiera tenido la oportunidad de echar un vistazo a la huella que estaban dejando en internet aquellos desconocidos que tenía alrededor hubiera encontrado una mayoría de fotos narcisistas, comparaciones envidiosas, comentarios ofensivos y hasta algún que otro negacionista despistado.

Parapetados por una falsa sensación de impunidad y menospreciando el impacto de nuestras propias palabras, estamos creando en las redes un mundo peor del que tenemos en realidad.

Datos, datos, datos. La IA no aprende de lo que somos sino de nuestro reflejo en internet: como los comentarios en las noticias de los periódicos plagados de violencia verbal. No es una excepción, en general,  se aplaude el zasca, se exhibe sin complejos la ignorancia, lo superficial triunfa sobre lo profundo en cualquier ámbito y se vuelve referente para unos adolescentes que convierten en ídolos a analfabetos funcionales. Influencers, que espoleados por una turba de seguidores con el cerebro aún por desarrollar, pueblan de contenido vacuo (o directamente basura) las redes.

Datos, datos, datos. Los jóvenes consumen violencia por todos lados. Y cuando dejan las pantallas corren a hacer ejercicio al gimnasio para estar cachas o a la escuela de boxeo para aprender a colocar un gancho en la mandíbula del contrario y una foto modo malote en su estado. ¿Y si vamos al cine? Pues nada una de superhéroes que son también muy de resolver conflictos vía sopapos.  Y luego nos extrañamos de que millones de personas vean a sus ídolos de barro se pegándose entre ellos en la velada del año y llenen internet de información cargada de testosterona y pueril (o no tanto) agresividad. Es la pescadilla que se muerde la cola y que bien aliñada de oído puede generar una espiral de violencia real. No es casual el auge de los extremismos.

A ver, que reconozco que cuando yo era adolescente testosterona tampoco faltaba en el mundo del entretenimiento, reinaban Bud Spencer, Stallone y Schwarzenegger, pero al menos teníamos a McGyver para compensarlos. Además, daba la sensación de que la violencia no traspasaba la pantalla con la facilidad de ahora o por lo menos no había tantos idiotas dispuestos a emularlos a cambio de unos likes. Vivíamos en un mundo mejor porque a los imbéciles no se les daba un altavoz. Donde debido a su falta de visibilidad no podían convertirse en tontos útiles para las elites que sacan beneficios de los ambientes crispados.

Porque claro que el mundo siempre ha estado lleno de violencia y gobernado en su mayor parte por la testosterona, pero también había un progreso constante, en el que otras formas de pensar y de actuar, otras formas de ser y otras hormonas se iba abriendo espacio poco a poco y con mucha lucha.

Mi miedo actual, quizás por mi posición de padre, es que estamos en el límite (si no lo hemos traspasado ya) de entrar en regresión intelectual por primera vez en siglos. Y encima a punto de dejar nuestro futuro tutelado por una IA mal entrenada, lo que puede poner en peligro los derechos que se han ido consiguiendo a lo largo de la historia. Por citar solo alguno de los ejemplos recientes que me llevan a la preocupación: hace diez años que alguien dijera que se les quiere quitar a las mujeres el derecho al voto sería objeto de burla y escarnio destinado al ostracismo dentro cualquier país avanzado, hoy es noticia y debate (cómo si fuera algo debatible) en redes. Qué pena.

Siempre se ha escuchado la frase: no digas eso delante del niño que lo malo lo aprenden rápido. Pues bien, eso es exactamente lo que estamos enseñando a la IA, lo peor de nosotros, y lo aprende con una velocidad que ríete tú del cerebro esponja de los chavales. Y lo peor es que todo lo que trascurre en un mundo virtual poco a poco contagia y socaba nuestra realidad.

Violencia, crispación, envidia e ignorancia orgullosa son lo cuatro nuevos jinetes del apocalipsis que llegan cabalgando a lomos de las redes luciendo tatoos de malote en sus perfiles sociales.

Que nos lleven a la extinción o no, depende de nosotros.  Está en nuestras manos evitar que cuando alguna civilización lejana llegue a nuestro mundo ya destrozado y le pregunte a la IA (que sobrevivirá) por quienes éramos, agradezca que estemos extinguidos.

Mi voluntariamente ingenua fe en la humanidad me hace creer que detrás de cada actitud cavernícola en redes hay una persona con buenos sentimientos en algún lugar de su cerebro.

Internet, las redes sociales o la IA no tendrían por qué ser una amenaza. No debería ser tan complicado revertir la situación con un poquito de educación: bastaría con proponerse que la impronta que dejemos en forma de datos sea amable y respetuosa, con conocimiento documentado científicamente, y que cuando sea crítica lo sea siempre con buena intención y de manera constructiva.

Tomemos consciencia de los datos que vertemos en las nubes, y evitemos tormentas de lluvia tóxica sobre la Tierra. De lo contrario amigos, vamos a dejar un mundo de mierda a la IA.

 

Jesús Garzás

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