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Separación, una serie para hablar sobre desconexión digital

Acabo de terminar la primera temporada de Separación. Además del mejor “finale” que recuerdo desde las buenas temporadas de Perdidos, me ha dejado con la desasosegante sensación de tener que esperar un tiempo indefinido para ver la continuación, y me ha dado una excusa perfecta para traer una reflexión al blog acerca de la premisa de partida de esta serie: una empresa que instala un chip en el cerebro de sus empleados que hace que al entrar en la oficina olviden todo acerca de su vida fuera de ella, y al salir olviden todo lo que pasó allí.

¿Es posible la separación total de la vida personal y la vida laboral en la sociedad de la hiperconexión y del teletrabajo?

Separación

Sinceramente creo que lo que estamos viviendo ahora es una situación totalmente opuesta a la de Separación , una situación que hubiera sido considerada una distopía en cualquier serie de los 90: El trabajo, a través de nuestros distintos dispositivos conectados a internet, y de nuestras redes sociales, se cuela continuamente en nuestra vida personal, y resulta difícil sacárnoslo de la cabeza, aunque (aún) no tengamos un chip en el cerebro. (Elon Musk sonreiría maliciosamente si leyera esta frase).

Yo que me considero aristotélico, por viejuno y porque en la mayoría de los casos pienso que la virtud está en el término medio, no creo que ni la distopía de la serie, ni la realidad distópica actual sean la fórmula perfecta.
La observación de mi entorno (una práctica espacialmente recomendable si te gusta escribir) y la experiencia propia me sugieren que suele ser sano que la información del plano personal fluya en el laboral, pero que, cuando lo hace en sentido contrario, especialmente si no establecemos rutinas que nos permitan dosificarlo, puede ser dañino.

Dicho de otro modo, más ejemplificado, cuanto más conocemos a la persona que hay detrás del ser que tenemos enfrente en la oficina más cercanos nos sentimos a él, y más proclives somos a establecer relaciones colaborativas. Sin embargo, cuanto más dejamos que el trabajo entre en nuestras vidas privadas, más desconexión sufrimos con nuestro entorno cercano, a veces literal porque el móvil nos abstrae de su presencia, o a veces metafórica, porque si les ponemos la cabeza como un bombo con nuestros pesares laborales empezaran a añorar a aquel abstraído ser con vista perdida en el móvil que criticaban antes. Pero, sobre todo, resumiendo, cuanto más hablamos sobre nuestro trabajo menos desconectamos de él.

Por eso creo que es el momento justo para hacer políticas de desconexión digital que sean algo más que un folio lleno de buenas intenciones, y sobre todo adquirir compromiso con ellas. Porque, ¿sabéis qué? Si no somos capaces de hacerlo nosotros, muy pronto lo hará una inteligencia artificial entrenada por un psicólogo, una patronal o un sindicato. Y llamadme raro, pero yo prefiero ser un ser humano autónomo y responsable de mis decisiones, que un trabajador autómata tutelado por una IA.

En mi caso personal esto de la desconexión digital no es un fenómeno tan reciente. Tengo un pasado informático en el que me tocaba hacer guardias y tenía periodos en que permanecer pegado al móvil en horario 24×7 era parte de mi trabajo. No sé si porque éramos más jóvenes o porque siempre he procurado que el humor forme parte de mi vida, tuvimos la brillante idea de poner a aquel teléfono de guardia un politono ( ¡¡ politono ¡! , palabro del pleistoceno) de sonido de ambulancia, algo que me ha dejado secuelas en forma de microinfartos cada vez que un vehículo de urgencias aparecer por sorpresa tras mi coche en la carretera.

separación (1)

Bien, pues a pesar de aquel politono y de la tendencia que tenía los datacenters turcos de sobrecalentarse a las 4 de la mañana, en aquel contexto laboral la desconexión digital no suponía el reto que supone hoy en día para mí. Las responsabilidades de la guardia estaban claras, estaban definidos el cómo, el cuándo y el para qué.

Políticas racionales de desconexión digital que se cumplan, tan sencillo y tan complejo. Ese es el verdadero reto.

Dejarlo todo al buen juicio y a las buenas intenciones de las personas no funciona. Yo puedo mandar un mail a las 11 de la noche por temor a que algo importante se me olvide al día siguiente, y, consciente de mi intromisión, puedo comenzar con “no lo leáis hasta mañana”, pero esa frase no deshabilita el sonido del móvil del receptor ni su curiosidad. Y pensar lo contrario es muy ingenuo. Vivimos en la época del consumo inmediato y la sociedad de las prisas, lo vivo en mis carnes por el desasosiego que me ha creado que el final de “Separación” no tenga aún fecha cercana de continuación. Vivimos, por tanto, en una sociedad en la que hacer caso omiso a una notificación del trabajo requiere de autodisciplina férrea o de un desparpajo sinigual normalmente vinculado con cierta desafección laboral.

A lo que quiero llegar con mi reflexión, es que, mientras las condiciones no estén acordadas de antemano, tanto el workaholic que inunda el buzón de sus subordinados 24×7 con mensajes que demandan rápida respuesta, como el bienintencionado compañero que escribe ocasionalmente fuera de horas guiado por una encomiable responsabilidad profesional están alterando el derecho a la desconexión digital del receptor.

Por eso es tan importante tener una política de desconexión que defina claramente el cuándo, el cómo y el para qué. Por eso es tan importante que luego todo el mundo la conozca y la respete.

Así era en los tiempos en que hacía guardias, un anexo al contrato lo dejaba todo claro, y por eso separar mis dos mundos, profesional y personal, por mucho factor sorpresa y nocturnidad que tuviera, resultaba más fácil de gestionar que hoy en día.

Porque la moraleja no exenta de humor negro con la que me gustaría cerrar este post es que si tengo que escuchar la sirena de la ambulancia a causa del trabajo mejor que no sea desde dentro de ella.

 

 

Ambulance by Pham Duy Phuong Hung from Noun Project (CC BY 3.0)

Jesús Garzás

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