Solíamos ir al pueblo, a dormir en casa de los abuelos, durante las fiestas de guardar: Navidad, Semana Santa y feria. Algún fin de semana también y, en aquellos tiempos ya lejanos en los que veranear en la playa no era una rutina anual, recuerdo pasar largos períodos estivales allá.
La época daba igual, inevitablemente al levantarnos por la mañana mi abuelo se había marchado ya. Normalmente acudía a la hora de comer, aparecía en su bicicleta por el patio con el rostro y las manos impregnados de campo. Supongo que aquella hora de regreso era una concesión que hacía a sus nietos. Era un gran profesional, pero mejor persona.

