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El sentido del deber tiene sentido

Hace pocas semanas tuve la oportunidad de escuchar a Julio de la Iglesia hablar de la gestión del miedo. No dejaría de ser una charla interesante más de no ser por un pequeño detalle que dota al ponente de una autoridad en la materia que muy pocos podrían exhibir. Julio es TEDAX. Desactiva bombas.

A diferencia de los demás “filósofos” a los que nos gusta escribir de temas relacionados con personas y ambiente laboral, él esgrime un argumento irrebatible, en su caso el error, el fracaso, no es una opción, al menos no es una opción compatible con la supervivencia. Si fallas, te despiden, pero de la vida.

Y lo mejor, la pasmosa facilidad con la que contestó a la pregunta que a todos nos rondaba por la cabeza: ¿Qué empuja a alguien a enfrentarse a un trabajo que puede costarle la vida? ¿Por qué lo hace?

Su respuesta no pudo ser más clara: “Porque es mi deber”

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Reflexionando sobre esta cuestión, el sentido del deber posiblemente sea algo que las personas que pertenecen a los cuerpos de seguridad tengan muy presente en su día a día, pero que para el resto de los trabajadores no resulte tan cercano. Pero, sobre todo, el deber, desde un punto de vista marcial, está relacionado con términos como el honor, la patria, el rango… que quizás no tenga mucho sentido aplicar en la empresa. ¿Por qué entonces me resonó tanto la afirmación de Julio?

Llegué a la conclusión de que a lo largo de nuestra vida laboral también tomamos decisiones arriesgadas (nunca tanto como desactivar una bomba) o que simplemente no resultan gratificantes a corto plazo impulsados por un motor que va más allá de lo obvio. Hablando de manera más gráfica y coloquial, decisiones que nos pueden hacer sentir gilipollas por un momento pero que a la larga nos producen paz mental y satisfacción interna. Es decir, no es necesario ser militar, para actuar impulsado por un sentido del deber.

Este sentido del deber, desposeído de la épica castrense, tiene algo en común con ella: los valores. Como no, otra vez toca hablar de valores personales.

Actuar alineado con tus valores personales, que no siempre es algo tan obvio o sencillo como nos gustaría, es el sentido de deber que nos impulsa a (algunos de) los civiles en nuestro día a día.

El sentido del deber significa tener la capacidad de responder a estímulos externos guiados por la brújula interna que son nuestros valores. Y para ponerlo en práctica hay dos pasos esenciales: el primero, la introspección. Dedicar tiempo a investigar o simplemente observar esos comportamientos que nos llevan a sentirnos bien con nosotros mismos, es decir, identificar nuestros propios valores, que no es siempre algo tan obvio como se pudiera suponer. El segundo paso esencial suele requerir valentía, porque consiste en ser fiel a esos valores frente al ruido y la presión externa, es decir, poner en acción ese sentido del deber personal e intransferible.

Qué mejor propósito de año nuevo que una elección consciente de nuestros actos alineada con nuestros valores. Por eso para este 2025 yo elijo siempre la amabilidad frente a la confrontación, el humor frente a la crispación, el bien del equipo a largo plazo frente al bien personal a corto plazo, la gestión de las discrepancias frente la elusión de las mismas, la originalidad frente a la copia, la pausa para la reflexión frente al frenesí de lo cotidiano, la libertad de la creatividad frente a la celda del Excel, la IA frente a la burocracia, la formación frente a la obsolescencia, el desarrollo frente a la falsa seguridad del terreno conocido, la ilusión frente a la inercia… ah, sí… y siempre el roscón frente al turrón.

Sí, vale, puede que esté así porque mañana se acaban mis vacaciones de Navidad… pero, después de esta reflexión, sé por qué no tengo dudas acerca del regreso a la oficina, porque es mi deber.

Jesús Garzás

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