Hace un rato que he terminado de ver “Aftersun”, una película en la que parece que no pasa nada, pero vaya si pasa. De esas en las que ocurren más cosas dentro del espectador, que dentro de la pantalla. Sigo digiriendo.
No recomendable para todos los paladares. Altamente recomendable para hijos que quieran reflexionar sobre lo que pasa tras la coraza que llevamos todos los padres o para padres con hijos en edades preadolescentes, a los que le encanten las buenas historias cocidas a fuego lento.
Imposible no retrotraerme a mis últimas (y recientes) vacaciones con mi hijo de 11 años, tras ver esta película cuya sinopsis mínima viable podría ser descrita como: fragmentos de las vacaciones de un padre con su hija de 11 años.
Durante mis primeros años de paternidad era muy común que me trajera al blog anécdotas reales acaecidas con mi peque que me permitieran extraer alguna moraleja o alguna enseñanza. Enseñanza, por cierto, de la que en la mayoría de los casos era yo el receptor.
Así que, tras el prólogo inicial, no he podido resistirme a contaros una reciente anécdota de nuestras últimas vacaciones que si mi hijo tuviera que titular llamaría algo así como “la invasión de las avispas asesinas”. Desde mi más moderada perspectiva os anticipo que no fue para tanto.
La historia
Nos hallábamos de excursión familiar por los Alpes bávaros. Nuestro objetivo era visitar el famoso e impronunciable (al menos para mí) castillo de Neuschwanstein, y al llegar al pie de la montaña donde se encuentra empezamos a detectar una actividad himenóptera mayor de lo habitual. Aunque inicialmente lo achacamos a la abundante vegetación de la zona y a la gran actividad de las glándulas sudoríparas de los turistas fondones que ascendíamos la elevada ladera perdiendo el resuello a cada paso, más tarde nos explicarían que tras un largo periodo de ola de calor, sin precedentes en la zona, este verano las avispas parecían más alteradas que los reponedores de piñas del Mercadona.
Pequeño paréntesis sostenible: si seguimos optando por la inacción ante el cambio climático, me temo que la naturaleza comenzará a regalarnos nuevos argumentos para películas de terror, que no de ficción. La felicidad del ignorante puede ser un compañero peligroso en este caso.
En la caminata de subida al castillo, quien más quien menos adoptaba tres o cuatro avispas como involuntarias mascotas. De hecho, si alguien me hubiera dicho que allí se estaba celebrando un carnaval de insectos, yo habría podido aventurar que aquellas avispas eran en realidad moscas cojoneras disfrazadas. Uno de los componentes de nuestra expedición recibió el contacto de un aguijón de refilón. y eso ya cambó el gesto de mi hijo, quién tras sus bromas al respecto dejaba ya entrever pavor.
Llegamos a lo alto de la cumbre, y aunque nuestros ojos pudieron disfrutar de las agradables vistas y del imponente castillo de cuento de princesas, no podíamos irnos sin llevarnos el más preciado trofeo por todos los que allí se encontraban… ¿El santo grial que se ocultaba en una de las estancias? ¿El santo flit que acabaría con la plaga de avispas? No, la foto para Instagram desde la perspectiva ideal.
Desde hace unos años, visitar un sitio bonito en agosto y que sea accesible al común de los mortales es sinónimo de tener que hacer cola para sacarte una foto. Cuando eres un turista te conviertes en ese señor mayor del que te reías, por guardar una interminable cola frente a “Doña Manolita”. Como en mi familia nos gustaba hacernos fotos ya en los tiempos en que los únicos testigos de las mismas eran las personas que trabajaban en las tiendas de revelados, lo que habrán visto esos ojos, pues, de momento, terminamos pasando por el aro.
La picadura (the sting)
Utilizamos 30 minutos de nuestras preciadas vacaciones para caminar a una velocidad de un metro por minuto, sin más actividad que la observación de los comportamientos de las distintas nacionalidades ante el aburrimiento. Estábamos tan cansados de la subida, que ni nos planteamos aprovechar para hacernos otro tipo de fotos o para jugar a los chinos (exento de doble sentido a pesar de vernos rodeados por algunas gentes de esa nacionalidad).
Y llegó el momento de cruzar el puente, una frase usualmente metafórica que en este caso era literal, y mientras especulábamos sobre cuantos turistas podría sostener, y sobre la magnitud de la tragedia que podría suponer que saltásemos todos a la vez, me colocaba de espaldas a las maravillosas vistas para ser protagonistas de la primera foto estelar de la jornada junto a mi hijo y otro familiar. Y mientras nos instaban a mirar al objetivo y se iniciaba la típica cuenta de tres en la que tienes que perpetrar tu gesto supuestamente más fotogénico, en el momento de llegar la cuenta al dos, un grito de pánico surgió a mi lado.
Descarté rápidamente la posibilidad de que el puente se estuviera viniendo abajo, porque en ese caso el alarido habría sido más multitudinario, así que trate de mantener la calma y a la vez mi mejor sonrisa mientras me arriesgaba a un conato de estrabismo forzando una mirada de soslayo. Alcancé a ver a mi hijo luchando con algo que tenía en el cuello y que para su desgracia cayó por dentro de su camiseta, y antes de que pudiera examinar la magnitud del ataque del himenóptero y serenar su pánico, con el egoísta y terrible objetivo de que se repusiese para repetir la foto, él emprendió una huida hacia ningún sitio que inicialmente le condujo fuera del puente, con su madre y a la sazón fotógrafa oficial del grupo siguiéndole de cerca los pasos.
Invadido por una sensación de “qué hago yo aquí ahora” inspiré, contemplé las vistas con el fin de guardarlas en mi memoria, y luego me hice un selfie con el móvil, asegurando tener una backup cuando mis neuronas fueran víctimas de su obsolescencia programada.
La huida
Fui entonces al encuentro de mi familia, aunque una importante roncha roja al valor condecoraba su pecho, parecía que los daños morales de mi hijo eran superiores a los físicos, y aunque tratamos de recomponer su ánimo, había una idea fija en su cabeza: salir huyendo a toda velocidad de aquel avispero con forma de montaña coronada por un castillo. Descendimos la ladera a una velocidad digna de correcaminos, pero con un talante tan vapuleado como el del coyote. Quizás mis recuerdos sean confusos, pero yo creo que íbamos dejando surcos por el camino y levantando más polvo tras nuestros pasos que el Demonio de Tasmania en una duna.
Nos detuvimos solo al llegar abajo. Fue entonces cuando al volver la vista atrás mi hijo se dio cuenta de que él no tendría foto con el castillo, y mirando con un poco de nostalgia y un mucho de alivio hacia arriba, pronunció la frase que a partir de ese momento pasará a sustituir al “Carpe diem” en nuestras vidas: «Nunca sabes cuando te va a picar una avispa.»
La moraleja
En ese mismo instante supe que ya tenía un nuevo mantra, y posiblemente un nuevo artículo para este blog. Nos pasamos la vida subiendo montañas sin disfrutar de las vistas, persiguiendo fotos fijas ideales sin apreciar la panorámica de 360º que tenemos a nuestro alrededor, confundimos el éxito con alcanzar la cima cuando disfrutar de la escalada cada día es la mejor recompensa que se puede llevar en la mochila.
Nunca sabes cuando te va picar una avispa, y la vida está llena de aguijonazos. Disfrutemos del verano cada día… durante los doce meses del año.

