Lo confieso, una de mis debilidades es tratar de refutar esas mentiras que a base de repetirse han acabado por convertirse en una creencia extendida. La tendencia del ser humano al aborregamiento es casi suicida, cuando nos sentimos arropados por una multitud (deportiva, religiosa, política y hasta vecinal) , empujados por la inercia de la masa, somos capaces de cometer tropelías que individualmente nunca nos habríamos llegado ni a plantear.
Vale, me estoy poniendo quizás demasiado trascendente para el tema que voy a tratar pero, por si el tono del artículo de esta semana no es bastante claro, advertiré de salida que me sacan de quicio esas personas que tras realizar en el trabajo una acción más que reprochable desde un punto de vista ético y moral, se justifican a sí mismos, con cierto orgullo y una loa mal disimulada hacia su competitividad con la siguiente excusa: “Yo al trabajo no vengo a hacer amigos”









